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| Aquí se hizo Marcelus Wallace con su maleta |
Me estoy haciendo mayor. Vieja pelleja, vaya. Ya había
notado algunos síntomas, como tener que mentir en las webs de búsqueda de…
casa, pues l/s niñat/s universitari/s espiniller/s est/s siempre ponen el
límite en la redondez numérica de los 30, carallo. Pero lo de hoy… ay. Lo
próximo será que me gusten las perlas (teoría de mi madre y las mujeres: la
edad de la plata –los 20–, del oro –30/40–, y las perlas 50+). Y es que he
pagado el ticket del tren aún diciéndome la experiencia previa en estas semanas
que ni dios pasa a revisarlo. Que he preferido ser legal y pasar 35min
tranquila, a pasar los mismos pensando “será ese?” (y no, no preguntándome
acerca de mi hombre ideal precisamente…) Diez pavazos y medio (ay!), a
tocateja, cada excusioncita a la city. Y justo en eso estaba yo pensando en el
tren de vuelta cuando de repente un señor me suelta un sonido indescifrable a
mi espalda y me encuentro con q al parecer (regla nº1 cuando estás en un país
donde no te’nteras ni del nodo: hacer lo que hagan los demás, plis plás) le
tengo q enseñar mi preciado billetito, cosa que hago con tanta alegría y
alborozo (Alboroto y Cavador! Navío, Torbellino, Karen y Puck! –lo dicho,
revieja-) que asusto un poco al pobre hombre, q se debió de pensar que algún
ácido me estaba dando vueltas en el estómago o vísceras de igual tratar.
Y es que llevo todo el día con la sonrisa puesta, la noticia
lo merece: tengo trabajo!!
Sin saber ni papa del idioma, recién llegada y colocada:
tengo una suerte alucinante. No en un estudio; mis vagos intentos de
acercamiento a ellos se han disuelto siempre con la misma respuesta: nosotros
hablamos inglés sin problema, pero hasta que tú no hables alemán igual no hay
dónde rascar*. Así que en ese campo nada, al menos en los próximos X
meses. Y trotando trotando he venido a
parar a un restaurante con nombre y traje italiano ('Tialini', se llama), pero dirección
tedesca profunda, por lo que tengo contrato y todo, nada de caja B. Treinta
horas semanales que me permiten la tan soñada independencia económica dejando
los exiguos ahorros descansar en paz. Parafraseando a alguno, qué bonita es
esta jodida vida a veces ;)
Ahora lo que sigo necesitando es ese pequeño espacio donde
gritar ¡casa! al llegar huyendo del mundo exterior; necesito encontrar una
habitación propia, y pronto. Lo malo es que ahí voy a tener que echar mano de tanta suerte como
con el curro, y no sé si me queda en la despensa... Todo aquel con
el que comento lo que me está costando me dice que es normal, que de unos cinco
años a esta parte la ciudad recibe millones de personas (los ya clásicos españoles,
italianos y de países de la Europa del este, pero también mucha gente de Irán,
Siria y otros países musulmanes). Lo cual, metido en una ecuación con un número limitado
de viviendas y con lo poco amigos que son los alemanes de meter en sus casas a extranjeros,
deriva en una subida espectacular de precios en unas habitaciones no siempre bien
dispuestas. Pero eso, una vez más, es carne de otro post.
Ahora dejemos las preocupaciones y brindemos juntos, Damen und
Herren, por la buena nueva: levanten sus jarras de 500 litros de rubias y,
mirada a los ojos y sonrisa de medio lado, invoquemos al novelista franchute
que todos llevamos dentro: pro(u)st!
* Esto fue el viernes pasado… tengo que actualizar esto más
a menudo, así no hay manera. Mañana hago un post dedicado a mi búsqueda de “huevito
arbeital”, prometido (arbeit = trabajo).



